AMERICA LATINA Y TEORIA SOCIAL

Guerra de Irak fue una "estupidez": H. Blix

El ex jefe de la misión de la ONU que buscó las supuestas armas de Hussein condenó la invasión.

La Jornada On Line
Publicado: 20/03/2008 13:41

México, D.F. La invasión de los Estados Unidos a Irak iniciada en 2003 ha sido una tragedia para los iraquíes, para los estadunidenses, para la ONU y para la dignidad humana, expresó este jueves Hans Blix, quien encabezó la misión para buscar armas de destrucción masiva en el país asiático.

A través de una editorial publicada en el diario The Guardian, la cual tituló “La guerra de la absoluta estupidez”, Blix consideró que la única ganancia del proyecto bélico del mandatario George W. Bush fue el fin de Saddam Hussein.

“No tuvieron éxito en eliminar la armas de destrucción masiva porque no existen. No tuvieron éxito en eliminar la red Al Qaeda porque sus operadores no están en Irak…” expresó el diplomático sueco, quien agregó, sobre el objetivo de llevar la democracia a aquel país: “cinco años de ocupación han traído claramente más anarquía que democracia”.

Blix acusó a Estados Unidos y Reino Unido de la tragedia por ignorar sus advertencias sobre las armas de destrucción masiva, que nunca encontró en Irak y que fue la principal justificación de la intervención armada.

“La responsabilidad por esta tragedia espectacular debe recaer en quienes ignoraron los hechos hace cinco años sobre las armas de destrucción masiva de Irak”, destacó el también ex director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA).

“Que creyeran en la existencia de las armas en el otoño de 2002 es comprensible”, sin embargo, la responsabilidad de la guerra, agregó, deben tenerla aquellos que la iniciaron en marzo de 2003 sabiendo que no había razón para ello.

Marzo 21, 2008 Publicado por EDUARDO AQUEVEDO S. | IRAK, POLITICA INTERNACIONAL, USA | | Aún no hay comentarios

Nunca aprendemos, R. Fisk

Irak: sólo aprendemos que nunca aprendemos

Robert Fisk, especialista sobre Medio Oriente. La Jornada

Han pasado cinco años y todavía no aprendemos. Con cada aniversario los escalones se desmoronan bajo nuestros pies, las piedras se agrietan más, la arena se vuelve más fina. Cuatro años de catástrofe en Irak y pienso en Churchill, que al final llamó a Palestina un “desastre infernal”.

Pero ya antes nos hemos valido de estos paralelismos y se han dispersado en la brisa del Tigris. Irak está empapado en sangre. Sin embargo, ¿cuál es nuestro estado de contrición? ¡Claro, tendremos una consulta pública, pero todavía no! Ojalá la inadecuación fuera nuestro único pecado.

Hoy estamos empeñados en un debate inútil. ¿Qué salió mal? ¿Cómo fue que los miembros del senado romano de nuestra era no se rebelaron cuando les contaron mentiras sobre armas de destrucción masiva, sobre vínculos de Saddam Hussein con Osama Bin Laden y el 11 de septiembre? ¿Cómo dejamos que ocurriera? ¿Y cómo fue que no previmos lo que vendría después de la guerra?

Sí, claro, los británicos intentamos que los estadunidenses escucharan, nos dice ahora Downing Street. De veras, en serio lo intentamos, antes que supiéramos de manera total y absoluta que era bueno embarcarnos en esta guerra ilegal. Ahora existe vasta literatura sobre la debacle de Irak y existen precedentes de planeación para la posguerra –volveré más tarde sobre esto–, pero no se trata de eso. Nuestro predicamento en Irak está en una escala mucho más terrible.

Cuando los estadunidenses entraron a sangre y fuego en Irak, en 2003, con sus misiles crucero zumbando sobre la tormenta de arena hacia un centenar de poblados y ciudades, yo solía sentarme en mi sucia habitación del hotel Bagdad Palestina, incapaz de dormir por el estruendo de las explosiones, y hojeaba los libros que había comprado para sortear esas horas oscuras y peligrosas. La guerra y la paz de Tolstoi me recordaba que un conflicto puede ser descrito con sensibilidad, gracia y horror –recomiendo la batalla de Borodin–, junto con un archivo de recortes de periódico. En esa pequeña carpeta hay una larga arenga de Pat Buchanan, escrita cinco meses antes, y todavía siento su poder, su premonición y su absoluta honestidad histórica: “Con nuestra regencia estilo McArthur en Bagdad, la pax americana llegará a su apogeo. Pero luego la marea bajará, porque la única empresa en la que los pueblos islámicos sobresalen es en expulsar a las potencias imperiales mediante el terrorismo o la guerra de guerrillas.

“Sacaron a los británicos de Palestina y Adén, a los franceses de Argelia, a los estadunidenses de Somalia y Beirut, a los israelíes de Líbano. Hemos emprendido el camino hacia el imperio y pasando la próxima colina nos encontraremos con quienes fueron antes que nosotros. La única lección que aprendemos de la historia es que no aprendemos de la historia.”

Con cuánta facilidad los hombrecitos nos llevaron al infierno, sin ningún conocimiento de historia o al menos sin ningún interés por ella. Ninguno leyó de la insurgencia iraquí contra la ocupación británica de 1920, ni del brusco y brutal arreglo que dio Churchill al conflicto el año siguiente.

En nuestros radares históricos ni siquiera aparece Craso, el más rico de los generales romanos, quien exigió ser emperador luego de conquistar Macedonia –“misión cumplida”– y en venganza se propuso destruir Mesopotamia. En un lugar del desierto, cerca del río Éufrates, los partos –antecesores de los actuales insurgentes iraquíes– aniquilaron las legiones, le cercenaron la cabeza a Craso y la enviaron de vuelta a Roma, llena de oro. En estos tiempos habrían grabado en video la decapitación.

Con su monumental arrogancia, esos hombrecitos que nos llevaron a la guerra hace cinco años ahora demuestran que no han aprendido nada. Anthony Blair –como siempre debimos llamar a ese abogado de ciudad pequeña– debería ser sometido a juicio por su mendacidad. En cambio presume de llevar la paz a un conflicto árabe-israelí que tanto ha contribuido a exacerbar. Y ahora el hombre que cambió de parecer sobre la legalidad de la guerra –y que lo hizo en una sola hoja de papel carta– se atreve a sugerir que deberíamos examinar a los inmigrantes que solicitan la ciudadanía británica. La pregunta 1, propongo, debería ser: ¿qué procurador general empapado en sangre ayudó a enviar 176 soldados británicos a la muerte por una mentira? Pregunta 2: ¿cómo salió impune de ese acto?

Pero en cierto sentido la naturaleza facilona y boba de la propuesta de lord Goldsmith es una pista sobre la estructura transitoria y de cartón de todo nuestro proceso de toma de decisiones. Los grandes temas que nos confrontan –Irak o Afganistán, la economía estadunidense o el calentamiento global, las invasiones armadas o el “terrorismo”– no se abordan según calendarios políticos serios, sino según los horarios de la televisión y las conferencias de prensa.

¿Los primeros ataques aéreos en Irak llegarán a la televisión estadunidense en horario triple A? Por fortuna sí. ¿Las primeras tropas estadunidenses en Bagdad aparecerán en los noticieros de la hora del desayuno? Desde luego. ¿La captura de Saddam Hussein será anunciada simultáneamente por Bush y Blair?

Pero todo esto es parte del problema. Cierto, Churchill y Roosevelt discutieron sobre la hora del anuncio de que la guerra en Europa había terminado. Y los rusos se les adelantaron. Pero dijimos la verdad. Cuando los británicos se replegaban hacia Dunquerque, Churchill anunció que los alemanes habían “penetrado profundamente y sembrado alarma y confusión en sus filas”.

¿Por qué Bush o Blair no nos dijeron eso cuando los insurgentes iraquíes comenzaron a asaltar a las fuerzas de ocupación? Vaya, estaban muy ocupados diciéndonos que las cosas iban a mejorar, que los rebeldes no eran más que “desesperados”.

El 17 de junio de 1940, Churchill dijo al pueblo británico: “Las noticias de Francia son muy malas y estoy consternado por el galante pueblo francés, que ha caído en esta terrible desgracia”. ¿Por qué Blair o Bush no nos dijeron que las noticias de Irak eran muy malas y que estaban consternados –bueno, siquiera unas lágrimas durante un minuto– por el pueblo iraquí?

Porque ésos fueron los hombres que tuvieron la temeridad, el genuino descaro de vestirse como Churchill, como héroes que escenificarían una redición de la Segunda Guerra Mundial, en tanto la BBC obedientemente llamaba “los aliados” a los invasores y pintaba al régimen de Saddam Hussein como el Tercer Reich.

Desde luego, cuando yo iba a la escuela nuestros líderes –Attlee, Churchill, Eden, Macmillan o Truman, Eisenhower y Kennedy en Estados Unidos– habían tenido experiencia real de guerra. Ni un solo líder occidental actual tiene experiencia de primera mano del conflicto. Cuando comenzó la invasión angloestadunidense de Irak, el opositor europeo más prominente a la guerra era Jacques Chirac, quien combatió en el conflicto argelino. Pero ahora ya no está. También Colin Powell, veterano de Vietnam, que fue hecho a un lado por Rumsfeld y la CIA.

Sin embargo, una de las terribles ironías de nuestros tiempos es que los más sedientos de sangre de los políticos estadunidenses –Bush y Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz– jamás han escuchado un disparo hecho con furia y se aseguraron de no tener que combatir por su patria cuando tuvieron oportunidad de hacerlo. No es extraño que títulos de Hollywood como “conmoción y pavor” resulten atractivos para la Casa Blanca. Las películas son su única experiencia de conflicto humano; lo mismo se puede decir de Blair y Brown.

Churchill tuvo que rendir cuentas por la pérdida de Singapur ante una Cámara atestada. Brown ni siquiera rendirá cuentas por Irak hasta que la guerra termine.

Es grotesco que hoy, después de todas las posturas de nuestros enanos políticos hace cinco años, se nos permita tener siquiera un encuentro espiritista válido con los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial. Las estadísticas son el médium, y la habitación tendrá que estar a oscuras. Pero es un hecho que el total de muertos estadunidenses en Irak (3 mil 978) está muy por encima del número de bajas estadunidenses sufridas en los desembarcos iniciales del día D en Normandía (3 mil 384 entre muertos y desaparecidos), el 6 de junio de 1944, o más de tres veces las bajas totales británicas en Arnhem, ese mismo año (mil 200).

Representan poco más de un tercio de las muertes totales (11 mil 14) de toda la fuerza expedicionaria británica desde la invasión alemana de Bélgica hasta la evacuación final de Dunquerque, en junio de 1940. El número de británicos caídos en Irak (176) es casi igual al total de las fuerzas británicas perdidas en la batalla del Bolsón en 1944-45 (poco más de 200). El número de estadunidenses heridos en Irak –29 mil 395– es más de nueve veces el de los lesionados el día D (3 mil 184) y más de la cuarta parte de la cuota total de heridos en la guerra de Corea de 1950-53 (103 mil 284).

Las bajas iraquíes permiten una comparación aún más cercana con la Segunda Guerra Mundial. Aun si aceptamos la más conservadora de las estadísticas sobre civiles muertos –van de 350 mil a un millón–, ésta rebasó hace mucho tiempo el número de civiles británicos muertos en los bombardeos alemanes a Londres en 1944-45 (6 mil) y ahora excede con mucho la cifra total de bajas civiles en bombardeos en todo el Reino Unido –60 mil 595 muertos, 86 mil 182 heridos graves– de 1940 a 1945.

De hecho, la cuota mortal iraquí desde nuestra invasión es hoy más grande que el número total de bajas militares británicas en la Segunda Guerra Mundial, que llegó a la asombrosa cifra de 265 mil muertos (algunos historiadores hablan de 300 mil) y 277 mil heridos. Las estimaciones mínimas de iraquíes muertos significan que los civiles de Mesopotamia han sufrido seis o siete Dresdes o –más terrible aún– dos Hiroshimas.

Y sin embargo, en cierto sentido todo esto es una distracción respecto de la terrible verdad de la advertencia de Buchanan. Hemos despachado nuestros ejércitos a la tierra del Islam. Lo hicimos con el solo respaldo de Israel, cuyos propios informes falsos sobre Irak han sido discretamente olvidados por nuestros amos mientras derraman lágrimas de cocodrilo por los miles de iraquíes muertos hasta ahora.

El enorme prestigio militar estadunidense ha sufrido un daño irreparable. Y si hoy, como ahora calculo, se encuentra en el mundo musulmán 22 veces la cifra de soldados occidentales que fueron allá durante las cruzadas de los siglos XI y XII, debemos preguntarnos qué estamos haciendo. ¿Estamos allá por el petróleo? ¿Por la democracia? ¿Por Israel?

Alegremente conectamos Afganistán con Irak. Según se dice, si Washington no se hubiera distraído con Irak, el talibán no se habría restablecido. Pero Al Qaeda y el nebuloso Osama Bin Laden no se distrajeron. Y eso explica por qué expandieron sus operaciones en Irak y luego usaron esta experiencia para acosar a Occidente en Afganistán con el atacante suicida, del cual no se había sabido antes en aquel país.

Voy a aventurar una presunción terrible: que hemos perdido Afganistán como sin duda hemos perdido Irak y como de seguro vamos a “perder” Pakistán. Es nuestra presencia, nuestro poder, nuestra arrogancia, nuestra renuencia a aprender de la historia y nuestro horror –sí, horror– al Islam lo que nos precipita al abismo. Y en tanto no aprendamos a dejar en paz a esos pueblos musulmanes, nuestra catástrofe en Medio Oriente se volverá más grave. No hay conexión entre el Islam y el “terror”. Pero sí hay conexión entre nuestra ocupación de tierras musulmanas y el “terror”. No es una ecuación tan complicada. Y no necesitamos una consulta pública para entenderla bien.

© The Independent, La Jornada

Marzo 19, 2008 Publicado por EDUARDO AQUEVEDO S. | IRAK, POLITICA INTERNACIONAL, USA | | Aún no hay comentarios

LA GUERRA DE LOS TRES BILLONES DE DOLARES, por J. Stiglitz

JOSEPH E. STIGLITZ 13/03/2008, El Pais

El 20 de marzo se cumple el quinto aniversario de la invasión de Irak por parte de tropas dirigidas por Estados Unidos, y es un buen momento para revisar lo que ha ocurrido hasta ahora. En nuestro libro The three trillion dollar war, la profesora de Harvard Linda Bilmes y yo sugerimos que el coste de la guerra para EE UU asciende, según cálculos conservadores, a tres billones de dólares (1,95 billones de euros), más otros tres billones a cargo del resto del mundo; una cantidad muy superior a los cálculos que hizo el Gobierno antes de iniciar el conflicto. El equipo de Bush no sólo engañó al mundo sobre los posibles costes de la guerra, sino que además ha tratado de seguir ocultándolos a medida que la guerra se desarrollaba.

No debe sorprender a nadie. Al fin y al cabo, el Gobierno de Bush mintió sobre todo lo demás, desde las armas de destrucción masiva de Sadam Husein hasta sus supuestos vínculos con Al Qaeda. La verdad es que Irak no fue ningún semillero de terroristas hasta después de la invasión.

El Gobierno de Bush dijo que la guerra iba a costar 50.000 millones de dólares; Estados Unidos gasta hoy en Irak esa cantidad cada tres meses. Para situar esa cifra en su contexto: con la sexta parte del coste de la guerra, EE UU podría asegurar la base de su sistema de pensiones durante más de medio siglo, sin necesidad de recortar prestaciones ni elevar cotizaciones.

Además, el Gobierno de Bush recortó los impuestos a los ricos al mismo tiempo que iba a la guerra, a pesar de que tenía un déficit presupuestario. Como consecuencia, ha tenido que utilizar ese déficit -en gran parte, financiado por países extranjeros- para pagar el conflicto. Ésta es la primera guerra en la historia de Estados Unidos que no ha pedido algún sacrificio a los ciudadanos mediante la subida de impuestos; se está haciendo recaer todo el coste sobre futuras generaciones. Si las cosas no cambian, la deuda nacional estadounidense -que era de 5,7 billones de dólares cuando Bush llegó a la presidencia- será 2 billones mayor debido a la guerra (además del aumento de 800.000 millones con Bush antes de la guerra).

¿Ha sido incompetencia o falta de honradez? Casi con seguridad, las dos cosas. La contabilidad en efectivo ha permitido que el Gobierno de Bush se centrara en los costes actuales, no en los futuros, entre ellos los gastos de discapacidad y atención sanitaria para los veteranos que regresan. El Gobierno tardó varios años en encargar los vehículos acorazados especiales que habrían podido salvar la vida de muchos muertos por bombas en las cunetas. Como no se ha querido volver a implantar el reclutamiento obligatorio, y es difícil encontrar a gente dispuesta a ir auna guerra impopular, los soldados han tenido que llevar a cabo dos, tres y hasta cuatro turnos llenos de tensión destinados en Irak.

El Gobierno de Bush ha intentado ocultar los costes de la guerra a la opinión pública estadounidense. Los grupos de veteranos han alegado la ley de Libertad de Acceso a la Información para averiguar el número total de heridos, 15 veces el de fallecidos. Ya hay 52.000 veteranos a quienes se ha diagnosticado síndrome de estrés postraumático. Se calcula que el Estado tendrá que pagar pensión de discapacidad al 40% de los 1.650.000 soldados desplegados. Y, por supuesto, la sangría persistirá mientras dure la guerra, con unas facturas de sanidad y discapacidad que ascenderán a más de 600.000 millones de dólares, en cifras de hoy en día.

La ideología y la codicia también han contribuido a aumentar los costes de la guerra. Estados Unidos ha recurrido a contratistas privados, que no han sido baratos. Un guardia de Blackwater Security puede costar más de 1.000 dólares diarios, sin incluir los seguros de vida y discapacidad, y el que paga es el Gobierno. Cuando los índices de paro en Irak llegaron hasta el 60%, habría tenido sentido contratar a iraquíes; pero los contratistas prefirieron importar mano de obra barata de Nepal, Filipinas y otros países.

La guerra no ha tenido más que dos vencedores: las compañías petrolíferas y los contratistas de defensa. El precio de las acciones de Halliburton, la compañía petrolífera del vicepresidente Dick Cheney, se ha disparado. Sin embargo, el Gobierno, al mismo tiempo que ha ido utilizando cada vez más contratistas, les ha supervisado cada vez menos.

El mayor precio de esta guerra tan mal gestionada lo ha pagado Irak. La mitad de los médicos iraquíes han muerto o se han ido del país, el paro es del 25% y, cinco años después del comienzo de la guerra, Bagdad sigue teniendo menos de ocho horas de electricidad al día. De la población total de Irak, unos 28 millones, cuatro millones viven desplazados y dos millones han huido del país.

Las miles de muertes violentas han acostumbrado a la mayoría de los occidentales a la situación: ya casi no es noticia la explosión de una bomba que mata a 25 personas. Pero los estudios estadísticos sobre el número de muertes antes y después de la invasión dejan clara, en parte, la triste realidad. Las muertes en Irak han aumentado, desde unas 450.000 en los primeros 40 meses de la guerra (150.000 de ellas, muertes violentas), hasta un total de 600.000 en la actualidad.

Con tanto sufrimiento de tanta gente en Irak, puede parecer cruel hablar del coste económico. Y puede parecer egocéntrico hablar del coste económico para Estados Unidos, que emprendió esta guerra violando las leyes internacionales. Pero esos costes económicos son inmensos, y van mucho más allá de los desembolsos presupuestarios. Pronto intentaré explicar de qué forma ha contribuido la guerra a las actuales penalidades económicas de EE UU.

A los estadounidenses nos gusta decir que no existe la comida gratis. Tampoco existe una guerra gratis. Estados Unidos y el mundo seguirán pagando el precio de Irak durante muchos años.

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía en 2001, es catedrático de la Universidad de Columbia y coautor, con Linda Bilmes, de The three trillion dollar war: the true costs of the Iraq conflict. © Project Syndicate, 2008. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

http://www.elpais.com/articulo/opinion/guerra/billones/dolares/elpepuopi/20080313elpepiopi_4/Tes

Marzo 13, 2008 Publicado por EDUARDO AQUEVEDO S. | IRAK, J.STIGLITZ, POLITICA INTERNACIONAL, USA | | Aún no hay comentarios