SOBRE DESARROLLO REGIONAL, por E. Aquevedo
EXTRAVERSIÓN, FLEXIBILIDAD Y DESREGULACIÓN: UN “TRIÁNGULO FATAL”
Abstracts
La finalidad de este artículo es examinar algunos de los factores que a nuestro entender permiten comprender tanto la amplitud como la profundidad de la crisis que afecta a la región del Biobio desde comienzos de 1998, que la sitúan entre las situaciones recesivas de mayor gravedad registrada por las regiones del país durante el último periodo. La idea central que se avanza en las líneas siguientes es que dicha crisis no podría explicarse sólo a partir de datos o antecedentes puramente coyunturales, sino considerando elementos estructurales que definen su trayectoria en el mediano o largo plazo.
I.- LA CRISIS DE LA REGION DEL BIO-BIO.
Las graves limitaciones del modelo de desarrollo imperante en la región del Bio-Bio (y en el país) quedaron en evidencia como nunca en el curso de los años 1998-1999, cuando la economía nacional entró en un nuevo ciclo recesivo. La contracción de la actividad económica nacional se dejó sentir, en efecto, en esta región con mayor fuerza que en la mayoría de las regiones del país[2]. Según los datos entregados por el Departamento de Economía de la Universidad de Concepción[3], la tasa de crecimiento registrada por la región del BioBio fue en efecto negativa durante 1998 (-3,9%), muy lejos por debajo del promedio nacional (3,4%) en el mismo periodo. Esta situación no sólo es grave por la magnitud de la caída del nivel de actividad económica, sino también, como lo subraya dicho Departamento de Economía, por el hecho de haber iniciado una etapa recesiva con anterioridad a la mayoría de las regiones del país.
Esta importante caída de la tasa de crecimiento regional ha tenido un impacto severo en particular sobre los niveles de desempleo, subempleo y pobreza. Según datos más bien optimistas del INE, el desempleo global de la región se sitúa aproximadamente en un 8% hacia fines de 1998. Sin embargo, desde mediados de 1998 en comunas como Lota se constata un 17,6% de cesantía; en Coronel un 17,1%; en la provincia de Concepción sobre el 9%; y, en fin, en la provincia de Arauco más del 10%. Sobre la situación del subempleo o empleo precario en la región no existen aún datos fiables, pero lo más lógico y seguro es que ella haya tenido una nueva agravación durante el último año, con perspectivas aún más sombrías para 1999. La onda recesiva que afecta a la región del Biobio no hace pues sino agravar considerablemente los problemas sociales que ella sufre desde hace ya muchos años, y particularmente desde la instauración del modelo de desarrollo dominante a nivel regional.
La pregunta que cabe formular es por qué la crisis afecta de manera tan marcada a la octava región, y de modo bastante más tenue a otras regiones que, grosso modo, se enmarcan dentro de los mismos parámetros socio-económicos. Nuestra hipótesis es que tal situación se explica por varios factores convergentes, que determinan al mismo tiempo la especificidad regional: a) el que la reestructuración productiva vivida por la región del Biobio durante las últimas dos décadas fragmentó y desarticuló profundamente el tejido socio-económico regional; b) el que la estructura y niveles de la acumulación de capital en la región inducen un débil crecimiento del producto y una precaria competitividad, lo que se traduce en una fuerte vulnerabilidad del sistema productivo regional[4]; c) el rol hegemónico ejercido por la gran empresa transnacional en el sistema productivo regional, hecho que limita tanto la endogeneidad como la sustentabilidad del crecimiento económico; d) la profunda reestructuación sufrida por el mercado de trabajo en la región, mediante intensos y paralelos procesos de flexibilización y precarización, lo que se expresa principalmente en altos y recurrentes índices de pobreza y precariedad social; y e) la débil regulación pública e institucional del proceso socio-económico regional, dejándose en la práctica libre el camino para que operen casi sin limitaciones las “fuerzas del mercado” y en particular la gran empresa. A nuestro entender, es este conjunto de factores interdependientes el que marca la diferencia con otras regiones del país que evidencian resultados económicos y sociales más satisfactorios.
Tales factores determinan y explican, en efecto, a nuestro juicio, el que la recesión que sufre el país en este periodo impacte a la octava región de manera más aguda que a la gran mayoría de las otras regiones.
II.- MODELO DE DESARROLLO Y FRAGMENTACION PRODUCTIVA
La región del BioBío posee desde el siglo pasado características y potencialidades económicas que la han situado tradicionalmente como un polo de desarrollo alternativo frente a la región Metropolitana (PNUD, 1996). Una de ellas es su fuerte base industrial. En efecto, desde la crisis del 29 y como consecuencia del modelo substitutivo que se impone e implementa en las décadas siguientes, se comenzaron a adoptar — en algunas de las provincias que formarían ulteriormente la actual VIII Región — medidas sistemáticas que permiten la configuración de una estructura productiva regional basada en un poderoso sector industrial, conformado en particular por segmentos como el siderúrgico, petroquímico, textil, celulosa y papel, calzado y otros[5]. Hasta mediados de los años 70, el conjunto de la economía regional, incluidos los sectores primarios (minería y agricultura), fue claramente liderada y articulada por dicho sector industrial. Por lo demás, éste mostró hasta ese entonces un nivel de dinamismo y crecimiento que lo situaba en general por sobre la media nacional, con efectos indiscutiblemente favorables sobre el empleo (M.E. Moraga, J. Rodríguez, 1989; S. Boisier, V. Silva, 1990).
1] Procesos de reestructuración y racionalización
La instauración en el país de una nueva modalidad de desarrollo a partir de 1973, inspirada en las concepciones neoliberales en boga, se tradujo rápidamente en intensos procesos de reestructuración/ desestructuración y de racionalización, que afectaron profundamente no sólo al sector industrial sino al conjunto del sistema productivo de la región. En lo que se refiere a los procesos de reestructuración y racionalización, señalemos por lo menos tres de sus principales resultados:
a) La acelerada declinación e, incluso, destrucción, de determinados segmentos tradicionales de dicho sistema productivo regional (tanto en el área manufacturera como en la agricultura y en la minería), con una concomitante pérdida de liderazgo y capacidad articuladora del sector industrial. Este último fenómeno se explica fundamentalmente por el hecho de que los mencionados procesos de reestructuración y racionalización no se tradujeron, en el ámbito industrial, en reales procesos de modernización[6] (ni en plano tecnológico ni en el de las relaciones industriales o laborales), con las pérdidas consiguientes de productividad y competitividad sectorial;
b) La constitución de un importante segmento exportador de tipo primario o neoprimario, basado en la gran empresa transnacional y centrado en los recursos forestal y pesquero. Este sector, transformado en el más dinámico de la región, tiende asumir la dirección o hegemonía dentro del sistema productivo regional. Una evidencia de ello es que las exportaciones regionales han crecido desde US$ 411 millones en 1983 a US$2.592 millones en 1995, pasando del 10,7 al 15,8% de las exportaciones nacionales[7]; y
c) La profunda transformación del mercado de trabajo, en que se combinan estructuralmente altas tasas de desempleo abierto, con tasas igualmente altas de subempleo o empleo precario. Tales resultados del proceso reestructurador parecen ser, al mismo tiempo, algunos de los rasgos más decisivos del nuevo modelo de desarrollo impuesto en la región del Biobío durante las últimas dos décadas.
Es preciso indicar, sin embargo, que, no obstante dichos procesos de reestructuración y la evidente pérdida de liderazgo del sector industrial como tal (y particularmente de sus componentes más vinculados al mercado interno), dicho sector continúa siendo el elemento predominante desde el punto de vista de la generación del producto regional. Su configuración sigue siendo amplia y, en todo caso, mucho más heterogénea que en el pasado, abarcando desde las industrias básicas de hierro y acero, productos metálicos, refinería de petróleo, productos químicos, alimentos, calzado y textiles, hasta las más recientes de celulosa y papel y madera elaborada. En 1990, el sector industrial contribuía con un 37,2 % del producto regional, y en 1995 él aporta aún un 36,2%. Esto ratifica el hecho de que se trata de la Región con el más alto coeficiente de industrialización del país. Al mismo tiempo, su aporte al producto industrial del país ha oscilado entre el 22,1% (1985) y un 19,5 % (1990). Algunos rubros industriales (textiles, vidrio y loza), por otro lado, sufrieron con bastante intensidad los mencionados procesos de reestructuración de los últimos años y sólo recientemente han comenzado a experimentar una relativa recuperación, mediante una lenta adecuación de sus procesos tecnológicos. Por todo ello, no resulta aventurado sostener aún, pese a todo, la vocación industrial de la Región del BioBío.
2] Una nueva “arquitectura” productiva (fragmentada y polarizada)
Pero los mencionados procesos reestructuradores promovidos por la nueva estrategia de desarrollo no sólo modificaron el paisaje productivo de la región[8], sino que también lo desestructuraron y fragmentaron profundamente. Es decir, el rol articulador e integrador de dicho sistema productivo que, aunque con serios límites, en su momento desempeñó el sector industrial, hoy no es asumido por ningún sector. Los nuevos segmentos dinámicos no sólo no muestran intenciones de desempeñar aquella función, sino que con toda seguridad carecen de capacidad y vocación para hacerlo.
Esta situación de fragmentación y desarticulación productiva, definida por algunos como resultado de una vía de reestructuración de tipo neotaylorista[9], se manifiesta desde hace ya un largo periodo a través de rasgos básicos tales como: a) débiles eslabonamientos inter-empresas, incluso dentro de un mismo sector; b) búsqueda de altos grados de especialización productiva, en desmedro de niveles más razonables de diversificación e integración intersectorial; c) fuertes polarizaciones socio-económicas (de tipo centro-periferia) dentro del espacio productivo regional; d) marcada tendencia a deslocalizar plantas hacia áreas territoriales con bajos salarios y débiles riesgos de conflicto social; e) modalidad periférica de inserción tanto dentro del sistema productivo nacional (al evidenciar incapacidad para retener cuotas significativas del excedente producido localmente) como en los mercados internacionales (al basarse esencialmente en bienes primarios); f) fuerte y creciente recurso a la subcontratación por parte de las grandes empresas, con la finalidad de externalizar costos y riesgos; y g) masivo desarrollo de la flexibilización/precarización del mercado de trabajo; etc.
Ahora bien, dados los antecedentes y procesos indicados, resulta difícil no concluir que tal situación de desarticulación y fragmentación aparece como el producto concreto de la implementación del modelo de desarrollo aludido, y, al mismo tiempo, como una consecuencia lógica e inmediata del decisivo protagonismo de la gran empresa transnacional en la economía regional y de la simétrica ausencia de protagonismo del sector público en favor de una modalidad de desarrollo más integrado y sustentable[10].
De ahí que no sea en absoluto sorprendente que, en consecuencia, ésta haya sido una de las regiones de más bajo desempeño socioeconómico en el país durante los últimos 20 años. Sus resultados son en efecto francamente deficientes en muchos aspectos: bajas tasas de crecimiento; mediocres niveles de competitividad a escala nacional; escasa o negativa contribución de la gran empresa transnacional al desarrollo regional; altos niveles de desempleo, pobreza e indigencia; alto nivel de concentración de los ingresos; en fin, bajos índices de “desarrollo humano”.
III.- ACUMULACION, CRECIMIENTO Y COMPETITIVIDAD:
UNA SITUACION MEDIOCRE
La situación económica de la VIII Región se caracteriza en efecto por un lento pero creciente deterioro, lo que, en un contexto internacional con fuertes rasgos recesivos como el actual, tiende a agravarse rapidamente y a asumir las características de una aguda recesión a partir del primer semestre de 1998. Dicha realidad está en la base de los magros resultados sociales evidenciados por la región desde, a lo menos, la crisis del 82 en adelante, traducidos particularmente en altas tasas de desempleo y de pobreza, y en reducidos y muy desiguales niveles de ingreso. Estos resultados sociales, que como es sabido sitúan a esta región entre las dos más pobres del país, seguramente sufrirán un nuevo deterioro como resultado de la crisis en curso.
¿Cómo explicar las bajas tasas de crecimiento sino en virtud, esencialmente, de las modalidades específicas asumidas por el proceso de inversión tanto pública como privada (extranjera y nacional) en la región? Un estudio reciente de R. Saldías (1997) indica, en efecto, en primer lugar, que entre 1990 y 1995, la inversión extranjera acumulada materializada en la octava región representa sólo un 1,9% del total invertido en las diferentes regiones, lo que contrasta con los porcentajes de participación de la primera región (11,4%), segunda (25,3%), tercera (10%), cuarta (2,7%) y séptima (2%). La región metropolitana concentra obviamente el porcentaje mayor (29,2%).
Los niveles de inversión pública, por otro lado, son también débiles. Ello se verifica en particular al observar la inversión pública efectiva sectorial y la total per capita (Cf. Mideplan, 1997), en que aparte de los magros montos absolutos se observa una relación claramente negativa con la situación, por ejemplo, de la V Región, entre otras. En lo que se refiere a la inversión privada[11], en fin, los montos conocidos para el periodo 1990-1996 parecen importantes en términos absolutos (3571 millones de dólares), pero se carece de información para definir tasas de variación anuales y, sobre todo, para establecer comparaciones significativas con las demás regiones del país. Lo que sin embargo puede sostenerse es que la inversión privada realizada en la octava región se ha concentrado excesivamente en sectores económicos (forestal y energía, principalmente) y geográficos muy específicos, con lo que se ha afianzado la fuerte heterogeneidad productiva de la región, sin que ello se traduzca correlativamente en tasas satisfactorias de crecimiento de las propias áreas concernidas[12].
Estos hechos, junto a algunas otras variables (ingreso regional, producto regional, exportaciones industriales y exportaciones no industriales, perspectivas de desarrollo), configuran, como lo destaca el PNUD (1996), un “resultado económico” extremadamente negativo para la octava región. De acuerdo a ello, ésta se sitúa en efecto entre las más precarias del país (penúltima), con deficiencias particularmente notables en materia de ingreso per cápita, crecimiento del producto e inversión pública y extranjera (Cf. PNUD, 1996, pág. 180).
Por otro lado, dicho elemento esencial (el resultado económico), asociado a otros factores como empresas, personas, instituciones, infraestructura, ciencia y tecnología, y recursos naturales, ha permitido a dicho organismo internacional constituir, como es sabido, un índice de competitividad para el conjunto de las regiones del país. Según este índice, la Región del BioBío se ubica en un modesto quinto lugar entre las 13 regiones chilenas. De todos esos factores, sólo en materia de “comportamiento empresarial” y de “Ciencia y Tecnología” la octava región obtiene buenos resultados (aún con las reservas que esta calificación nos pueda merecer). Los peores los obtiene, además del indicado resultado económico, en “recursos humanos” e “instituciones” (presupuesto municipal, gasto público, autonomía de la región, etc.)[13]. Acotemos que estos datos avanzados por el PNUD en su Informe de 1996 han sido ampliamente confirmados recientemente por MIDEPLAN y el Banco Central (1998).
IV.- DESEMPLEO, POBREZA Y PRECARIEDAD SOCIAL
Las precariedades del proceso de acumulación y de crecimiento de la región antes indicados, junto a otros fenómenos conexos (transferencias de excedentes hacia centros externos y heterogeneidades estructurales, en particular, a los que nos referiremos luego), se traducen inevitablemente en tasas elevadas de desempleo, en un mercado laboral flexible, segmentado y precarizado, en altas tasas de pobreza e indigencia y en fuertes desigualdades en materia de ingresos. Estos últimos rasgos constituyen algunas de las condiciones y características básicasneotaylorista del proceso de reestructuración productiva registrado en la octava región. Examinemos brevemente algunos de los más directamente relacionados con el mercado de trabajo. del ya mencionado carácter
El alto desempleo es una realidad permanente en la región del Biobío en los últimos 20 años. Durante 10 años consecutivos, entre 1976 y 1985, el desempleo real promedio anual en la región fue superior al 20% de la fuerza de trabajo. En años más críticos (es decir, entre 1976 y 1983) superó el 25% y hasta 30% (F. Antinao, 1992, 1997). En la segunda parte de los años 80 y en la década de los 90 la situación del empleo mejoró significativamente. Las tasas de desocupación se redujeron substancialmente, hasta alcanzar niveles equivalentes al promedio nacional. En 1990 el desempleo en la región había descendido a 5,3%, y hacia fines de 1992 era aún de un 5,5%.
Sin embargo, a partir de 1993 la situación se deteriora de nuevo, superando el 7% y hasta el 8% en 1993, 1994 y 1995. El desempleo fue particularmente alto en el segundo semestre de 1993 y primer semestre de 1994. Disminuyó a poco menos del 7% en 1995, para registrar un 7,4% a fines de 1996 y, en fin, un 6,9% en 1997 y un 7,6% en 1998. Como lo muestra el Gráfico que precede, desde 1993 el desempleo de la región fue notoria y persistentemente más alto que el promedio del país.
Demás está recordar que se está hablando de promedios regionales, y que en consecuencia hay numerosas comunas (precisamente, muchas de las más pobres) que registran tasas sistemáticamente más elevadas que dicho promedio. Por ejemplo, en 1992, cuando la coyuntura económica nacional mostraba los índices más altos de la década (el crecimiento del PIB registra ese año, en efecto, un 11%) y, de manera concomitante, la tasa de desempleo nacional era de sólo un 4,4%, encontramos en la VIII Región 18 comunas con tasas de desempleo superiores al 7%, y 12 comunas con tasas superiores al 10%. Entre estas últimas destacan Tomé (14,9%), Bulnes (15,5%), Antuco (17,5%), Coronel (17,6%), San Rosendo (20,5%) y Lota (23,1%). En los años 1996 y 1997, y particularmente desde comienzos de 1998 en las provincias de Arauco y Concepción en particular se registran numerosas comunas con tasas superiores al 10%.
Junto con dichas “crónicas” altas tasas de desempleo, se desarrollan con fuerza en la región desde los años 80 intensos procesos de precarización de la fuerza de trabajo. Como ya se ha subrayado en diversos trabajos, uno de los ejes centrales del nuevo modelo de desarrollo instaurado en el país, así como igualmente de las políticas económicas dominantes a escala internacional, es la desregulación y la flexibilización de los mercados laborales. Este fenómeno, que se ha manifestado principalmente en la generalización del trabajo temporal, de la sub-contratación, del trabajo domiciliario, del trabajo a plazo fijo y del trabajo femenino, constituye en efecto una realidad ampliamente afianzada en la VIII Región.
Este proceso de desregulación/flexibilización tiende a conformar un amplio sector de ocupados pobres en prácticamente todas las comunas de la región, situados en empleos precarios, mal remunerados y con bajísimos niveles de protección, los que en una muy fuerte proporción se ubican por debajo de la línea de pobreza. Según datos de 1992, este sector, que vive con menos de 2 Salarios Mínimos Líquidos Mensuales (correspondientes cada uno a un valor de $30.880 del mismo año), representa un 45,5% del total de la fuerza de trabajo ocupada a nivel nacional (Cf. R. Agacino, 1995), y probablemente un porcentaje superior en la Región del BioBío ese mismo año. Este amplio contingente de “ocupados pobres” está constituido desde luego por buena parte de los trabajadores de los llamados “nuevos polos dinámicos” de la estructura productiva regional, esto es, los sectores forestal y pesquero, en los cuales la subcontratación y el empleo temporal constituyen la norma. Pero también lo forman, crecientemente, trabajadores del sector agrícola, manufacturero y de la construcción, por indicar los más notorios.
En suma, las mencionadas altas tasas de desempleo producto del bajo dinamismo global de la economía regional y los fenómenos de flexibilización/precarización de la fuerza de trabajo, parecen esenciales para explicar tanto los niveles excepcionalmente altos de pobreza de algunas comunas ya mencionadas (Lota, Coronel, Curanilahue, Lebu, Mulchén, Penco, Los Alamos), como los índices también elevados de pobreza de comunas como Arauco, Santa Juana, Cabrero, San Rosendo, Cobquecura, Pemuco, Yungay, Quilleco y Portezuelo, en las cuales las actividades forestales comienzan a resultar predominantes. Se trata, en efecto, en estos casos, de procesos asociados tanto a formas de pobreza derivadas del subempleo (o empleo precario), como también a situaciones más clásicas de desempleo.
La regresiva distribución de los ingresos es otro de los ámbitos donde se manifiesta el carácter estructuralmente desequilibrado e insustentable del modelo de desarrollo dominante en la octava región. Según diversos estudios del INE y Mideplán, entre 1987 y 1996 la región del BioBío se sitúa entre las más regresivas en este ámbito, y no registra ningún progreso significativo durante dicho periodo. Los ingresos de las personas en la región del BioBío equivalen a menos del 80% de los ingresos promedios nacionales, y a menos del 70% del promedio de ingresos de la Región Metropolitana. Pero mucho más chocante es la estructura de la distribución del ingreso dentro de la propia octava Región, donde se observa el nivel de concentración o desigualdad más fuerte en relación con el resto de las regiones del país. En efecto, según datos de la CASEN 96, la diferencia entre el primero y el décimo decil es en la octava región de 30 veces (en 1987 era de 31,1 veces), mientras que en la región más cercana en materia de desigualdad (la III Región) es de 27,6 veces. En el extremo opuesto se encuentra la V Región, con una diferencia en 1996 de “sólo” 16,3 veces entre ambos deciles, mientras que ella era de 24,5 veces en 1987.
El conjunto de tales elementos, que en una importante medida dan cuenta – como ya hemos sugerido antes – tanto de una modalidad neotaylorista de gestión y de reproducción de la fuerza de trabajo como, de manera general, de la realidad social de la región del BioBío, confirma el negativo diagnóstico del ya aludido estudio del PNUD (1996) en lo que se refiere a la situación de los “recursos humanos” de dicha región. Situación en la que inciden de manera por lo demás relevante las condiciones de pobreza, y de modo particular la situación educacional, las condiciones sanitarias, las características y niveles del empleo, entre otros.
V.- Gran empresa y extraversión del desarrollo
Ahora bien, un elemento decisivo para comprender la heterogeneidad y desequilibrios de la estructura socio-económica de la Octava Región es a nuestro entender el rol creciente de la gran empresa, y en particular de aquellas con mayor grado de internacionalización[14]. En este sentido, el trabajo de S. Boisier y V. Silva (1990) parece tener una gran vigencia e importancia. Este pone de manifiesto un conjunto de hechos y tendencias que merecen destacarse[15]:
En la región del BioBío operan 14 sociedades anónimas en el sector industrial, pertenecientes todas al estrato de gran tamaño en términos del número de personas ocupadas. La menor de ellas ocupa a 121 personas en tanto que la mayor da empleo a 6489, totalizando en conjunto un volumen de mano de obra ocupada de 21 826 personas, equivalente al 68% del total regional del empleo del sector manufacturero, y al 82% del empleo industrial en el estrato de las “grandes empresas” (de 50 personas y más). Desde el punto de vista institucional, sólo dos de estas S.A. son estatales y, de las doce privadas, en cinco el capital es regional o nacional.
El 77,2% de los establecimientos industriales regionales (238) se concentran en sectores tradicionales (alimento, calzado, carbón, acero, petroquímica) y sólo el 8,4% (26) en sectores dinámicos (informática, bienes de equipo).
El 43% de los establecimientos tiene un grado tecnológico medio (informatización de sus funciones de gestión en contabilidad, control de inventarios, etc., y algún grado de automatización de los procesos productivos) y sólo el 5,2% tienen incorporados, al menos parcialmente, procesos tecnológicos de punta (gestión informatizada de la producción, uso de fabricación y diseño asistido por computador, etc.).
Existe una significativa relación entre el mayor tamaño ocupacional de los establecimientos industriales y la instalación de sus sedes en Santiago. A pesar de que sólo el 10% del total de las empresas regionales tiene su sede en Santiago, el porcentaje sube a 25% para las de 100 o más trabajadores y al 50% para las de más de 200. De las 13 sociedades anónimas más importantes en este sentido, sólo una tiene su sede en Concepción.
De las 13 grandes sociedades anónimas, que representan el 64% del empleo industrial regional, dos de ellas son estatales, y de las 11 privadas, en sólo 5 el capital es nacional ; y de ellas, únicamente 1 pertenece a capitales locales. Las 6 restantes (Celulosa Arauco y Constitución, Cía. Cervecerías Unidas; Cía. Siderúrgica Huachipato, Forestal Carampangue, Forestal Colcura y Maderas y Sintéticos) tienen una fuerte presencia de capital extranjero, por lo que hay un control transnacional de la mayoría de ellas.
La presencia del capital extranjero se da en el 50% de las S.A. abiertas del sector industrial manufacturero de la región. Entre estas, siete sociedades ocupan a casi la mitad de la mano de obra de las catorce S.A., lo que equivale al 31% del empleo total industrial de las empresas regionales.
La transnacionalización de la economía regional es un proceso cuantitativa y estructuralmente significativo, ya que las siete S.A. controladas por el capital extranjero incluyen la totalidad de las producciones de acero y azúcar de la región y del país, el mayor complejo forestal y productor de celulosa del país (y tercera empresa exportadora más importante de Chile), y una importante proporción en la producción nacional de cerveza y bebidas, productos forestales y paneles y madera aglomerada.
Tal tendencia a la transnacionalización de la economía regional [16] y a atribuir un rol creciente a la gran empresa, constituye un rasgo definitorio del modelo de desarrollo imperante. Esta realidad, no obstante ciertas modificaciones en la composición de dicho sistema empresarial, se ha acentuado y profundizado durante los últimos años (F. Antinao, 1997). Ello tiene sin duda consecuencias graves sobre la dinámica del desarrollo socio-económico regional.
Probablemente una de las más importantes de estas consecuencias la constituye el hecho de que la mayor parte del excedente generado en la región por parte, en particular, de la empresas exportadoras, no se reinvierte localmente (PNUD, 1996), al mismo tiempo que su contribución a las “arcas” fiscales regionales desde el punto de vista impositivo es insignificante. Ello debe vincularse al hecho de que, dada su importancia, influencias y recursos, las grandes empresas orientan sus inversiones en función exclusivamente del máximo de rentabilidad, lo que habitualmente no coincide con los objetivos o intereses de un desarrollo regional equilibrado y sustentable.
En tales condiciones, no tiene ningún fundamento sólido la expectativa de que dicha gran empresa, y particularmente las de mayor grado de transnacionalización, pueda contribuir efectivamente al desarrollo regional. En efecto, por su propia naturaleza e intereses, ella en la práctica no puede aportar a la endogenización del sistema productivo, sin lo cual un verdadero desarrollo equilibrado y sustentable no es concebible. Este último implica, en efecto, tasas importantes y sectorialmente equilibradas de reinversión del excedente; procesos de eslabonamiento hacia delante, que densifiquen el tejido industrial, diversifiquen el sistema productivo y promuevan la elaboración de productos con un valor agregado creciente; articulaciones fuertes y dinámicas de la pequeña y mediana empresa, con empresas grandes implicadas en proyectos productivos de largo plazo; procesos permanentes de formación y calificación creciente de mano de obra; interrelaciones dinámicas entre el sistema empresarial y los circuitos universitarios regionales de formación e investigación científica, que favorezcan y promuevan la innovación tecnológica y el reciclaje (o/y formación) de cuadros técnicos.
Pero la endogenización y sustentabilidad del desarrollo no sólo implica variables socioeconómicas y tecnológicas indispensables como las precedentes, sino también otras de tipo político. En particular, la existencia de fuerzas socio-políticas y poderes locales/regionales verdaderamente comprometidos con una estrategia de autocentraje de la acumulación y del desarrollo de la región[17]. Ahora bien, la gran empresa transnacional no puede “jugar el juego” de la endogenización del desarrollo, por la simple razón de que sus intereses fundamentales y centros de decisión están fuera de la región, y a veces incluso fuera del país. Por lo mismo, su tendencia natural es generar o reforzar procesos de extraversión de la acumulación y en consecuencia de subordinación de la actividad productiva respecto a dichos centros e intereses externos. Podría sin embargo indicarse una excepción, como lo sugieren ciertas experiencias internacionales: la gran empresa es capaz de “jugar el juego” cuando existe ya un contexto socio-económico, tecnológico e institucional relativamente sólido en favor del desarrollo endógeno (G. Benko y A. Lipietz, 1992).
Por consecuencia, como lo subraya el PNUD (1996, pág. 96), “si parte importante de los dueños de los factores de producción reside en la Región Metropolitana – o si allí se localizan otras etapas de la cadena de valor agregado – será ésta, por tanto, la “ganadora” de una estrategia de desarrollo basado en la promoción de exportaciones”. Tal es precisamente el caso en lo que concierne a las relaciones entre la Región Metropolitana y la Octava Región.
VI.- UNA DEBIL REGULACION PUBLICA E INSTITUCIONAL
Lo menos que puede decirse es que, en la compleja realidad regional precedentemente caracterizada en sus rasgos más esenciales, el poder público e institucional (especialmente gobiernos regionales y comunales) ha desempeñado hasta el presente un rol fundamentalmente de “acompañamiento” de las dinámicas del sistema socio-productivo dominante. Dinámicas, como ya se ha señalado, determinadas por los actores más influyentes de la región: las grandes empresas transnacionales.
Ello se manifiesta en la ausencia de diseños estratégicos que apunten efectivamente en el sentido ya indicado de una creciente endogenización del desarrollo regional[18]; se manifiesta igualmente, por consiguiente, en la precaria intervención pública en materia de gasto e inversión; en los miserables presupuestos de la gran mayoría de los municipios; en el débil apoyo al establecimiento de interconexiones y sinergias entre empresas, universidades y comunas de la región, o al desarrollo de los denominados “circuitos tecnológicos regionales” (S.Boisier y V.Silva, 1990); en la débil e insuficiente promoción de PYMES y en particular de empresas regionales; en fin, en los frágiles márgenes de autonomía que el gobierno regional y los gobiernos locales, por razones diversas (centralismo institucional y “cultural”, políticas o estrategias de desarrollo dominantes, recursos financieros y humanos, relaciones de fuerza etc.), deben auto-imponerse frente al poder central[19]. Todo ello implica una situación de gran desregulación públicaautoregulación privada. Más aún, puede igualmente sostenerse que en realidad existe una importante regulación/intervención pública, tanto a nivel regional como nacional, pero en beneficio o a favor de los intereses del gran empresariado. del desarrollo socio-económico de la región, y, por el contrario, de poderosa
En el caso de la región del BioBío, permanecen pues pendientes en este ámbito al menos dos tareas esenciales: por un lado, construir el “bloque” de fuerzas sociales, políticas y culturales (incluidos los gobiernos locales y regionales) comprometidas, como ya se ha dicho, con una estrategia de efectivo desarrollo regional (esto es, endógeno y sustentable); y por el otro, hacer avanzar un real proceso de descentralización y de reforzamiento considerable de la intervención pública, que implique incrementos importantes tanto de los márgenes de iniciativa institucional como de los recursos disponibles a escala local y regional (vía control o captación de una parte significativamente mayor del excedente producido localmente).
Esta situación de desregulación constituye un factor central para explicar la precaria situación que pone en evidencia la VIII Región en las últimas décadas. En consecuencia, para superar los problemas de subdesarrollo o desarrollo periférico, de débil competitividad económica, de insustentabilidad social y ecológica, y, en fin, de exclusión social (y también étnica, como lo muestra recientemente el caso Ralco), se requiere no sólo de una estrategia adecuada de desarrollo, sino que sobre todo de una real voluntad política y social de parte de las fuerzas que pretenden promover transformaciones sociales inspiradas en criterios de equidad, endogeneidad y sustentabilidad.
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[1] Este trabajo forma parte de los resultados preliminares de la Investigación financiada por el Fondecyt (Proyecto N° 1990383) sobre “Trabajo temporero, flexibilidad laboral y productividad en la empresa subcontratista de la VIII Región. Un estudio sobre los rezagos en la modernización socio-económica de la actividad forestal”.
[2] Cfr., Consultora Géminis (El Mercurio, 9 de Diciembre de 1998).
[3] Cfr., Informe Económico Regional, N°32, Abril de 1999.
[4] Tal vulnerabilidad se relaciona en particular, entre otros aspectos, tanto con la escasa diversificación de la canasta exportadora y de los mercados de destino, como con el perfil fuertemente primario de los bienes exportados. A ello debe agregarse la configuración de un mercado de trabajo extremadamente segmentado y desregulado. Algunos de estos elementos se examinan en las secciones siguientes de este artículo. Sobre la crisis económica en la octava región, cfr. en particular Informe Económico Regional (1998/99), N° 31,32 y 33.
[5] Sobre la evolución del sector industrial en la VIII Región, ver en particular M.E. Moraga & J. Rodríguez (1989).
[6] El estudio de S. Boisier y V. Silva (1990) indica en efecto que hacia fines de la décad del 80, en lo que se refiere al dinamismo de la demanda, el 77,3% de los establecimientos de la región se encuentra en sectores industriales tradicionales y sólo un 8,5 % en sectores más dinámicos; y en lo que respecta al contenido tecnológico de los productos, sólo un 5,1% de los establecimientos corresponde a industrias de contenido tecnológico alto o medio.
[7] Durante los años 1996 y 1997, no obstante, se registra un significativo deterioro, descendiendo al 13,7 y 12,9 % respectivamente de las exportaciones del país. Esta situación se confirma en 1998 como consecuencia de la la denominada “crisis asiática” que, como se sabe, no sólo es asiática…
[8] A este respecto, ver en particular M.E. Moraga (1997).
[9] Sobre este particular, ver en especial A. Lipietz & D. Leborgne 1990); F. Gatto (1990).
[10] Nuestro juicio en este sentido es bastante concordante con las conclusiones del PNUD (1996). Sobre los desequilibrios intraregionales, ver igualmente F. Gatica (1997).
[11] Ver M.E. Moraga, 1997.
[12] Ver Banco Central (1998) e Informe E.R. (1998).
[13] Ver PNUD (1996); F. Gatica (1997).
[14] Al respecto, ver en particular S. Boisier y V. Silva (1990) ; PNUD ( 1996).
[15] La información corresponde casi textualmente a los datos aportados por S.Boisier y V. Silva (1990).
[16] Tendencia que probablemente (y erróneamente) algunos tratarán de justificar con alusiones a la globalización de las economías, pretendiendo que un desarrollo de carácter endógeno ya no sería posible. Tal discurso carece sin embargo de fundamento. De hecho todos los países capitalistas realmente desarrollados disponen de una fuerte endogeneidad económica y tecnológica, y la defienden sin ningún complejo. Lo mismo puede afirmarse para el caso de regiones emergentes, dinámicas y desarrolladas a escala internacional (Ver G. Benko & A. Lipietz, 1992).
[17] Sobre la cuestión de la endogeneidad, ver en particular S.Boisier y V. Silva (1990); G.Garofoli (1992); D. Leborgne y A. Lipietz (1992).
[18] Este elemento aparece, en el mejor de los casos, implícito y secundario en la estrategia de desarrollo regional vigente. Ver Serplac/ BioBío (1995). En cambio, en las definiciones estratégicas del gobierno regional precedente él es planteado con una claridad y fuerza relativamente mayor. Ver Serplac/BioBío (1991).
[19] A este respecto, ver en particular PNUD (1996) y S.Boisier & V.Silva (1990).
Conocimiento y universidad, L. L.
Por Luis Lafferriere
Página /12
El lunes 14 de enero, Página/12 publicó un artículo muy interesante de Norma Giarracca sobre “Universidad, ciencia y sociedad”, con el cual coincido en líneas generales. Además de destacar el valor de esa opinión, y el hecho de que existan medios que den cabida a posturas como la citada, quisiera hacer un par de reflexiones sobre dos temas que a mí parecer deberían enfatizarse y que, si bien están mencionados en el texto, considero que debería hacerse un mayor énfasis por su importancia estratégica: (1) ¿Para qué queremos el conocimiento? (2) ¿Cómo está la universidad pública? Se trata de temas cuyo tratamiento serio y en profundidad no se ve con frecuencia ni en los medios masivos de comunicación, ni en el discurso oficial (más aún, ni siquiera en la propia universidad pública).
Conocimientos para qué y para quiénes. El primer tema tiene que ver con la cuestión del modelo productivo y de sociedad que está guiando actualmente la actividad educativa, científica y tecnológica en la Argentina. Es innegable que avanza y se consolida el modelo de los agronegocios, con la soja (y muy posiblemente el maíz) como los puntales del monocultivo (además del saqueo minero e hidrocarburífero). El mismo es apoyado por un conjunto de sectores de gran peso económico (y político), acompañados por los grandes medios de comunicación que manejan. Hay un importante porcentaje de facultades en todo el país que no sólo ignoran el tema ni lo debaten, sino que promueven y promocionan las actividades vinculadas a ese modelo. De ahí que creo importante que más allá del discurso oficial de potenciar el sector científico-tecnológico, hay un debate previo imprescindible: ¿para qué economía y para qué sociedad queremos el desarrollo de la ciencia y de la técnica?
El neoliberalismo ha avanzado tanto en la cabeza de la gente, que en la mayoría de los lugares donde debe producirse conocimiento se actúa como si lo tecnológico fuera un campo aparte de lo político. Y como lo político en la Argentina responde a los que detentan el poder económico, son estos últimos los que definen nuestro presente y nuestro futuro. En síntesis, al tomarse al conocimiento como un compartimiento apolítico, la dirección de lo que se hace (esfuerzos, estudios, difusión, etc.) la imponen los dueños del “mercado” y los gobernantes “realistas” que están a su servicio.
Ante la amenaza que significa para la sociedad argentina el avance del modelo productivo centrado en la depredación de nuestros recursos naturales, es imperioso debatir en el marco del crítico panorama del capitalismo mundial, qué educación y qué conocimientos necesitamos para una sociedad más justa y sustentable, y para una economía que sirva de sustento material para ella. Gran parte de nuestra sociedad vive los efectos narcotizantes de una situación que no durará mucho, pero si no tomamos conciencia a tiempo los daños serán muy difíciles de reparar (como el adicto que llega a una fase agonizante o muy avanzada de su organismo dañado).
¿Cómo está la universidad pública hoy? Por otro lado, y sobre la relación entre la investigación y la universidad pública, comparto en general que es positivo ese proceso. Pero es indudable que también la universidad pública ha sufrido un fuerte avance de las ideas neoliberales, además de que (salvo algunas excepciones) se comporta como una institución más de las muchas cooptadas por el modelo vigente. Esto significa que, tal como está hoy, la universidad tampoco constituye una garantía de que la generación de conocimientos se ponga al servicio de la sociedad y de sus sectores mayoritarios.
Seguramente habrá algunas facultades que tengan una situación distinta, y se muestren más comprometidas con el cambio social. Pero en la gran mayoría del país predomina otro panorama: muchas están pegadas al “mercado”, otras desvinculadas de la realidad (sin rumbo claro), y donde la investigación pasa a ser vista (y vivida) por sus protagonistas (implícita o explícitamente) como una mera fuente de ingresos que hay que garantizar cueste lo que cueste. Es muy común en los integrantes de los diferentes estamentos tengan una actitud individualista, que se profundiza ante la falta de proyectos políticos claros en esas instituciones.
En síntesis, es esta preocupación la que genera mis comentarios, sobre la importancia de los intelectuales (técnicos, profesionales, docentes, investigadores), para abordar estos temas, en interacción con la sociedad, en su rol de esclarecer sobre las cuestiones estructurales y estratégicas, ya que la dinámica de los políticos y de los gobernantes que tenemos pasa desde hace tiempo por otras preocupaciones.
COORDENADAS DE FIN DE SIGLO…, por Eduardo Aquevedo
COORDENADAS DE FIN DE SIGLO...
(Elementos para una discusión sobre las condiciones internacionales de los desequilibrios locales [1])
Dr. J. Eduardo Aquevedo Soto
La realidad o escenario que se construye hoy estan marcados por profundos procesos que, globalmente, designan un real virage histórico[2], es decir, un tránsito hacia una nueva etapa del desarrollo capitalista. En las líneas que siguen[3] se tratará entonces, primero, de identificar la principales tendencias (o mega-tendencias) que marcan o dominan la dinámica histórica en curso; y segundo, se intentará extraer de ello ciertas conclusiones al menos provisorias.
OCHO TENDENCIAS PRINCIPALES
I] El desarrollo de una de las más importantes revoluciones científico-tecnológicas de la historia[4], basada en la micro-electrónica y en las tecnologías de la información (informática, telecomunicaciones, etc.).
En torno a estas nuevas matrices tecno-científicas se articulan actividades de investigación, descubrimientos y aplicaciones cada vez más amplias y decisivas en diversos dominios (nuevos materiales, biotecnologías, nuevas fuentes energéticas, etc.). Esta revolución científico-tecnológica (RCT), empujada y catalizada principalmente por procesos económicos crecientemente exigentes y complejos a partir de la segunda guerra, retroactuó a la vez sobre dicha dinámica económica, incorporando nuevos vectores o fuentes de productividad y otorgándole niveles aún más altos de complejidad.
Pero este inmenso proceso es ambiguo, contradictorio, ambivalente. Su aspecto positivo o « liberador » dice relación con las gigantescas posibilidades de crecimiento material y de desarrollo social que él implica. Dicha RCT, en efecto, consolida la (relativamente) nueva simbiosis entre economía, ciencia y técnica, que comienza a desencadenar en determinadas áreas una dinámica de crecimiento – concentrador, excluyente y desigual – pero, en todo caso, extremadamente importante y virtualmente ilimitada de las fuerzas productivas a escala mundial[5]. Ahora bien, en virtud de dicha RCT, no sólo la ciencia y la tecnología en general, sino que específicamente el conocimiento y la información se transforman en factores decisivos de los procesos productivos[6], tanto en los países centrales como en los países semi-periféricos de mayor dinamismo (Corea del Sur y Taiwan, por ejemplo).
Este hecho crucial tiene ya y tendrá en el futuro múltiples repercusiones potencialmente positivas – es decir, condicionadas política, social y culturalmente – que sobrepasan ampliamente la esfera económica[7]. Entre ellas puede señalarse la perspectiva o posibilidad a mediano plazo de una reducción considerable del tiempo de trabajo en los países de mayor desarrollo capitalista, así como la transformación del trabajo productivo, tanto en el centro como en la periferia, en una dirección relativamente menos embrutecedora y alienante (Cf. J.P. Durand [1993]; B.Coriat [1990]).
Este mismo proceso supone también, sin embargo, un aspecto opuesto, problemático, que en el período actual es sin duda preponderante. Una expresión central de este « lado obscuro » es que la práctica científico-tecnológica, transformada y consolidada ya en las últimas décadas como tecno-ciencia, tiende a subordinar todas las demás actividades científicas o cognoscitivas. Edgar Morin [1991: 228] subraya al respecto que « la tecno-ciencia se forma, se ramifica, se institucionaliza en las universidades, luego en las empresas industriales y después en el Estado. En dos siglos, ella pasa desde la periferia al corazón de la sociedad ».
Así, por el peso cada vez mayor de la actividad tecno-científica en el ámbito socio-económico, ella se transforma igualmente en criterio director en el mundo académico, intelectual y cultural. La tecnologización del conocimiento y la emergencia de un verdadero paradigma o modelo tecnocrático constituyen pues procesos de fuerte intensidad orientados a invadir dominios cada vez más amplios del saber y de la cultura. Pero tanto o más grave que este « imperialismo » disciplinario es el hecho que el predominio de la tecno-ciencia y, por consiguiente, de la razón tecnocrática o instrumental, implica riesgos brutales de regresión moral y cultural, así como de nuevas catástrofes ecológicas y humanas [8].
II] La generalización avasalladora del reino de la mercancía (o del mercado) a escala mundial.
El desarrollo histórico del capitalismo se caracteriza por una constante extensión de la actividad mercantil, así como de la salarización. Sin embargo, nunca este proceso de mercantilización avanzó con tanta rapidez y profundidad como durante las últimas décadas. Poco o nada ha escapado a su vertiginoso avance: el agua, el aire, la salud, la cultura, el arte, el deporte, las entretenciones, la información, el medio ambiente, los órganos humanos, etc. El hombre, la sociedad y el propio planeta tienden pues a subordinarse rápidamente a la lógica mercantil, al punto que no pocos pretenden que las relaciones de mercado son « inherentes a la naturaleza humana ».
Como lo indica Polanyi [1983], la sociedad se transforma progresivamente en un simple « auxiliar del mercado ». En consecuencia, el mercado – principalmente en la región occidental del planeta – no sólo se convierte a grandes zancadas en el único regulador de la economía, sino también en el regulador central de la sociedad. Constituido así en «la fuente y matriz del sistema», el mercado reduce inexorablemente las relaciones humanas, ambientales y sociales a relaciones estrictamente económicas o monetarias.
La jerarquía entre los componentes de la dinámica social sufre pues profundos trastrocamientos. Las actividades económico-mercantiles tienden a la vez a autonomizarse de los demás componentes (políticos, religiosos, culturales, etc.), y a subordinarlos. Y al interior del espacio económico, el sector industrial pierde terreno en beneficio del sector servicios, y las actividades directamente productivas son dominadas por las de tipo monetario-financiero[9]. En este sentido, la fuerte hegemonía de las políticas monetaristas o librecambistas de inspiración neoliberal[10] en zonas importantes del planeta, por un lado se explica por su gran coherencia e identificación con esta tendencia mercantilista de fondo, profunda, que marca la realidad contemporánea de las últimas décadas, y por el otro no hacen sino propagar y profundizar dicha tendencia.
III] La constitución acelerada de una economía global.
En efecto, no sólo los mercados, sino también el capital, la producción, la gestión, la fuerza de trabajo, la información y la tecnología se organizan en flujos que atraviesan las fronteras nacionales. Si bien la actividad productiva (medida en volúmenes de producción e intercambio) de las empresas de los países centrales continúa orientada, en lo fundamental, hacia sus respectivos mercados internos, es indiscutible que la mundialización (o la denominada « globalización », según la jerga norteamericana en boga…) de los procesos productivos aparece ya como el parámetro director[11].
No obstante los volúmenes preponderantes de intercambio asumidos en el marco de los Estado-Nación y el peso creciente de los procesos de integración regional, lo concreto es que las economías nacionales son cada vez menos unidades pertinentes de contabilidad económica (M.Castells [1991]). La competencia y las estrategias económicas, tanto de las grandes como de las pequeñas y medianas empresas, tienden a definirse y a decidirse en un espacio regional, mundial o global. La globalización puede entonces definirse como un proceso de extensión de la interdependencia a la escala del planeta.
Esta es consecuencia tanto de los procesos de mercantilización indicados antes, como del efecto de la revolución informacional sobre la conducción de los asuntos humanos, locales e internacionales. Así, bajo la influencia del progreso técnico y de los imperativos de rentabilidad, la mundialización empuja las empresas y los mercados a organizarse en redes estrechamente imbricadas a nivel de todo el planeta. Esta lógica de red, transnacional por esencia, contradice la lógica territorial que anima la acción de los Estados (Commissariat du Plan [1993]). La globalización es pues una resultante esencial, al mismo tiempo que la forma o modalidad concreta asumida por el proceso de mercantilización indicado antes.
La mercancía y su intercambio – auténtico y complejo fenómeno socio-económico de autorregulación y auto-organización[12] –, traspasa pues las fronteras, horada ideologías, echa abajo muros, modifica conciencias y comportamientos, estimula e incorpora el progreso técnico, hace crecer simultáneamente la riqueza y la pobreza, integra minorías y excluye mayorías, unifica (y a veces también divide) países, regiones y territorios y, por último, después de no pocos rodeos y tergiversaciones, tiende a imponer su ley al planeta entero, en cada una de sus dimensiones.
IV] La emergencia de un nuevo “orden” económico internacional aún más desigual y polarizado.
Pero ese proceso de mundialización o globalización del mundo moderno y de sus estructuras económicas en particular se acompaña simultáneamente de otra tendencia, referida más específicamente a su contenido. Ella tiene que ver con la configuración de un nuevo orden económico mundial.
Aproximadamente veinte años de crisis, de integración masiva del progreso técnico en los procesos productivos, de reestructuración y modernización, de cambios notables en la división internacional del trabajo y de mundialización de los procesos productivos, etc., han hecho posible en efecto la emergencia progresiva de un sistema u « orden » económico internacional profundamente transfigurado, caracterizado esencialmente por tres sub-tendencias: a) cuasi estagnación persistente y, simultáneamente, creación de condiciones de una nueva dinámica de crecimiento; b) aumento considerable de la brecha entre países y poblaciones pobres y ricas a nivel mundial; y c) una nueva configuración de la estructura jerárquica de la economía-mundo.
¿De la estagnación al crecimiento?
Las mencionadas reestructuraciones y modernizaciones, permitidas y estimuladas en una importante medida por la revolución tecnológica en marcha, y el consiguiente mejoramiento de las posiciones del gran capital internacional en términos de productividad y rentabilidad, han permitido a los países desarrollados crear algunas condiciones indispensables – tecnológicas y socio-económicas – de una nueva onda larga de crecimiento. El restablecimiento de la rentabilidad del capital (especialmente de sus segmentos monopolistas y más internacionalizados) a escala mundial, y la concomitante reducción de los costos de producción, son en efecto hechos indiscutibles.
La crisis abierta a fines de la década del 60 se ha acompañado de intensos procesos de reestructuración y de “modernización” (vía incorporación del progreso técnico, en particular) de los capitalismos centrales y de sectores de la periferia, así como del desarrollo simultáneo de brutales procesos de internacionalización (y globalización) de los mercados y de los procesos productivos, y en fin de integración creciente de importantes espacios regionales (en Europa, en América del Norte y del Sur, en Asia).
Todo ello ha permitido al gran capital, y particularmente a sus fracciones más transnacionalizadas, inclinar significativamente en su favor la “relación de fuerzas” frente al factor trabajo, recuperar ampliamente sus « márgenes » de ganancia, y, en fin, como ya se ha dicho, crear algunas de las condiciones indispensables de una nueva dinámica de crecimiento. Lo que precede merece sin embargo algunas precisiones. La primera es que dicha nueva dinámica de crecimiento tarda en efecto bastante en materializarse. La realidad actual es, globalmente, la de una cuasi estagnación, que puede prolongarse aun. Se observará en efecto que en los años sesenta el ritmo de crecimiento de la economía mundial fue de 5% anual ; en los años setenta se redujo ya al 3,6% ; en la década del ochenta fue sólo del 2,8% ; y en la primera mitad de la década del 90 alcanza apenas a algo más del 2% (Cf. CEPII, 1992, 1996 ; L. Thurow, 1996).
En cuanto a las perspectivas de mediano plazo, ellas siguen resultando inciertas y problemáticas (Cf. CEPII, 1992, 1996). Una segunda precisión dice relación con las condiciones sociales de una sólida recuperación. Una de ellas es sin duda el importante debilitamiento de la organización política y sindical de las clases populares a nivel internacional, como consecuencia de una larga y poderosa ofensiva del gran capital en tal sentido. Las políticas de “austeridad” y de “ajuste estructural” resultaron en este aspecto particularmente “eficaces”, tanto para reducir costos salariales como para, más en general, situar a los trabajadores en posiciones de vulnerabilidad y de defensiva.
Sin embargo, la vía hacia el crecimiento no estará del todo despejada mientras que en los principales países centrales no sean superadas y reemplazadas las rígidas estructuras tayloristas/fordistas en el ámbito de la división técnica del trabajo. Al parecer, los destacadísimos avances logrados en los últimos años en materia de flexibilización del mercado laboral están lejos de resultar suficientes, dado el carácter eminentemente defensivo que ella ha adoptado. Se trata, como se sabe, de una flexibilización más centrada en la liquidación pura y simple de las conquistas laborales logradas en materia de empleo, salarios y protección social, que de una flexibilidad con un carácter más ofensivo basada en el desarrollo de la formación, de la polivalencia, de la iniciativa laboral y de contratos salariales estables (Cf. D.Laborgne y A. Lipietz [1992b]).
Pero los difíciles y todavía inciertos comienzos de un nuevo ciclo de crecimiento, que – de concretarse – será probablemente al menos tan prolongado como los precedentes, parece ya mostrar una tendencia a acentuar los clásicos rasgos polarizadores y concentradores del desarrollo capitalista. Es decir, los beneficios de la acumulación mundial del capital recaen y muy probablemente seguirán recayendo sobre sectores sociales y geográficos tanto o más reducidos que en periodos anteriores[13] . Esto sugiere que si bien el capitalismo, como sistema mundial, pone en evidencia un potencial formidable de desarrollo histórico, su existencia concreta seguirá sin duda atravesada por la contradicción y el conflicto (más aún si se considera que a las «viejas» contradicciones se suman ahora otras de vigencia más reciente: principalmente, las que conciernen las relaciones de género y las referidas a la sustentabilidad ecológica del crecimiento).
Dicho potencial de desarrollo no implica entonces estabilidad. Contra todo determinismo tecnológico o fatalismo histórico, se recordará que precisamente lo propio del devenir de la historia – como lo ha evidenciado una vez más la experiencia de los últimos diez años – es su carácter facultativo, incierto y abierto (obviamente, dentro de ciertos límites o condiciones), lo que hace posible un número importante de bifurcaciones… [14] .
Una polarización creciente.
Una expresión de dicha tendencia a la polarización/concentración es el hecho que los países desarrollados continúan mejorando en su favor – de manera más que chocante – la distribución de la renta mundial (G. Arrighi, 1991). Ello se traduce en el hecho de que, según el Informe del PNUD del año 1992, entre 1960 y 1989, los países donde habita el 20% más rico de la población del planeta hayan registrado un crecimiento de su participación en el PNB mundial del 70,2%, al 82,7%. Recíprocamente, los países del Sur, donde se encuentra precisamente el 20% más pobre, han visto disminuir su participación en el PNB mundial de un ya magro 2,3% en 1960, a un 1,4% en 1989.
Esto ha implicado obviamente una agravación de las desigualdades, de la pobreza y de la exclusión en amplias zonas de la periferia, así como la virtual liquidación del tercer mundo en tanto que unidad socio-económica y política internacional. Su realidad es ahora la de un espacio extremadamente heterogéneo, desarticulado, dividido y en gran medida marginalizado. La manifestación más elocuente, dramática e impresionante de ello es la marginalización económica, tecnológica y política de la casi totalidad del continente africano.
Por lo demás, conforme al carácter desigual del desarrollo capitalista, en el interior mismo de muchos países industrializados tienden a constituirse bolsones de pobreza cada vez más amplios, particularmente en aquellos donde – desde comienzos de la década reciente – se implementaron políticas económicas de corte más ortodoxo o neoliberal (los casos más destacados son sin duda Estados Unidos, Inglaterra, Francia y España). La Comunidad Económica Europea, que habitualmente se señala como ejemplo de desarrollo o equidad social, muestra en efecto un crecimiento constante de la pobreza durante los últimos veinte años, periodo durante el cual las políticas monetaristas de corte neoliberal muestran un fuerte auge: 38 millones de pobres en 1975; 44 millones en 1985; 53 millones en 1992…
Se observará a este respecto, en todo caso, que el concepto de «pobreza» en Europa tiene un sentido bastante más relativo que en nuestros países latinoamericanos. Según la definición vigente en la Comunidad Europea, es considerada «pobre» toda persona que dispone de menos de la mitad del ingreso medio del país concernido. Como el ingreso medio es del orden de los 1500 dólares mensuales aproximadamente y la protección social garantiza en todo caso ciertos ingresos monetarios mínimos, el nivel material de subsistencia de la población pobre europea es por lo menos 4 veces superior al de su equivalente latinoamericana.
Un “Apartheid” planetario.
Por otro lado, la configuración de la nueva estructura (u «orden») mundial parece adoptar la forma de un inmenso sistema de Apartheid planetario[15], organizado de manera piramidal[16]. En la cúspide superior, un reducido grupo de países centrales (principalmente, Japón, Alemania, regiones de USA y probablemente Suecia en el mediano plazo), asegurando niveles superiores de productividad, el control de la producción de productos intensivos en tecnologías de punta, y garantizando altos estándares de vida a sus poblaciones respectivas; en el centro de la pirámide, una importante semi-periferia constituida por antiguos o recientes países centrales (Inglaterra, Francia, e incluso zonas o regiones de Estados Unidos) y recientes naciones/países periféricos o semi-periféricos (Corea del Sur, Taiwan, España, Portugal, Grecia, etc.), con dinamismos productivos desiguales y polarizaciones/exclusiones sociales internas significativas; y en fin, en la base de la pirámide, la gran mayoría de los países del planeta, integrando al menos dos tercios de la población mundial, con bajísimos grados de productividad, con índices brutales y crecientes de miseria y exclusión, y con fuertes dinámicas de conflictividad social.
Como lo indican diversos autores, los nuevos centros y semi-centros (o semi-periferias) tienden globalmente al repliegue y al «atrincheramiento» ideológico, cultural, económico y político frente a los «nuevos bárbaros» representados por la inmensa periferia subdesarrollada. Por razones no ajenas al predominio de la ideología de libremercado y al derrumbe de los regímenes del Este, la tesis individualista-conservadora según la cual la seguridad, la paz y la prosperidad pueden disociarse de la solidaridad y de la justicia social, parece haberse impuesto ya ampliamente en aquellas regiones industrializadas. Así, GATT, Banco Mundial, FMI, ONU, OTAN, legislaciones anti-inmigratorias, bloques económicos regionales, proteccionismos tecnológicos, etc., no obedecen en general a otra lógica: « diabolización » del Sur (so pretexto de integrismos, narco-tráfico, violencia, dictaduras, etc.) y «atrincheramiento».
El tratamiento global otorgado al Sur en el nuevo orden internacional es pues, en definitiva, el de un gigantesco Apartheid, el de un férreo sistema de separación/segregación cultural y material, en virtud del cual la «minoría blanca» mundial asegura su protección, seguridad y tranquilidad mediante un sólido y extenso “cinturón sanitario” ideológico, geopolítico, socio-económico y militar[17]. En tal contexto general, las perspectivas del crecimiento/desarrollo capitalista en la periferia (es decir, “desarrollo” crecientemente desregulado e integrado a los mercados internacionales) se hacen sin duda aún más estrechas, más difíciles, más conflictuales, más concentrados y polarizados, puesto que dicho desarrollo supone la incorporación creciente de nuevos (y caros) procesos tecnológicos, e incrementos masivos de la productividad (lo que las clases dominantes de dicha periferia tienden a buscar principalmente vía sobreexplotación de la fuerza de trabajo).
Ello es particularmente evidente en América Latina. Las experiencias recientes o en curso en Chile, Argentina, Bolivia, Perú, Venezuela, México, etc., son en efecto “botones de muestra” harto elocuentes de las nuevas modalidades del desarrollo capitalista en las regiones periféricas del planeta. Parece entonces bastante improbable que, en el contexto actual, se repitan o reproduzcan “espontáneamente” las experiencias de los denominados nuevos países industrializados (Corea del Sur, Taiwan, Hong-Kong, Singapur, etc.), iniciadas hace más de tres décadas en un marco económico internacional bastante distinto. Hoy, a diferencia del periodo en que se implementaron esos procesos, las estrategias de desarrollo nacional resultan en efecto particularmente incongruentes con las dinámicas que buscan imponer – y que han impuesto en gran medida – los principales actores económicos y financieros internacionales (empresas multinacionales, organismos de crédito, Estados y Gobiernos, etc.).
V.- Del derrumbe de los “socialismos reales” al agotamiento de los proyectos socio-políticos tradicionales de izquierda.
Mientras el mundo se transformó profundamente durante las últimas décadas, sectores decisivos de la izquierda internacional (en particular aquel más vinculado al modelo soviético y al denominado “movimiento obrero y comunista internacional”) permanecieron aferrados a discursos y a prácticas simplemente erróneas, o en el mejor de los casos anacrónicas. Una razón central de ello fue la pesada influencia lograda en su seno por la ideología marxista-leninista [18] (de origen soviético o estalinista), que bloqueó en esa izquierda toda posibilidad de desarrollo teórico independiente, crítico y creador.
En virtud de ello la izquierda tradicional no pudo comprender los nuevos procesos históricos en curso, ni intervenir para modificar su curso de manera progresista, ni incluso adaptarse oportunamente a ellos. Un producto concreto de la práctica histórica de esa izquierda fueron los denominados “socialismos reales”, a cuyo significado y destino ella asoció fuertemente su existencia. El colapso brutal y generalizado de la mayoría de dichos regímenes no sólo afectó profundamente su influencia política específica, sino que objetivamente señaló tanto el fin de su ciclo de desarrollo (al menos en su forma actual o “clásica”), como el agotamiento real del proyecto ideológico y programático de emancipación social e individual representado por dicho sector de la izquierda tradicional.
Dichos regímenes despóticos y burocráticos, ¿eran pues otra cosa que una «tergiversación» histórica? Independientemente de las esperanzas e ilusiones depositadas por millones de seres humanos en esas experiencias, y de los ideales de libertad y emancipación enarbolados en sus inicios, las estructuras edificadas allí no eran otra cosa que formas específicas pero anacrónicas de capitalismo[19], con aparatos estatales todopoderosos e hipercentralizados, incapaces estructuralmente de desencadenar dinamismos productivos y tecnológicos coherentes y de largo plazo. Y sobre todo, incapaces también estructuralmente de desencadenar ningún proceso real de emancipación humana.
Corroídos entonces por sus contradicciones e incoherencias internas, y situados desde décadas en posiciones defensivas en los ámbitos económico, social, político, tecnológico y cultural, la aceleración impresionante de los procesos de desarrollo tecno-productivo, de mercantilización y de globalización de las últimas dos décadas hizo el resto. Las precarias estructuras «socialistas» no pudieron seguir resistiendo la poderosa «onda de choque» capitalista-mercantilista (de origen principalmente norteamericano-europeo-japonés) en curso.
Ningún anacronismo o tergiversación podía en efecto seguir de pies: ni las economías semi-protegidas orientadas hacia el mercado interno de Europa del Sur, de Africa o de América Latina, ni tampoco las economías hiper-protegidas y centralizadas de Europa del Este. Ninguna protección o frontera era por lo demás suficiente para poner atajo a la formidable presión mercantil, financiera, tecnológica, ideológica y cultural de las multinacionales y de las grandes potencias imperialistas. Así, bastó sólo una década (1980-1990) para que dichas regiones, «socialismos reales» incluidos, se pusiesen «al día » y diesen por fin el difícil salto hacia la modernidad…
Pero la dinámica histórica reciente también ha erosionado profundamente el proyecto socio-político sostenido por el otro componente importante de la izquierda internacional: la socialdemocracia, de base esencialmente europea. En virtud del pacto social que le servía de apoyo, su renuncia temprana a una estrategia de “ruptura” con el sistema capitalista era al menos compensada con su fidelidad a una cierta forma de democracia política y social. En efecto, tanto su resguardo del pluralismo político-cultural y del Estado de Derecho, como la defensa y resguardo de los derechos socioeconómicos esenciales de los trabajadores (mediante políticas activas de pleno empleo, de distribución progresiva de ingresos, de servicios públicos gratuitos de educación y salud, etc.) podían considerarse al mismo tiempo como su honra y como la fuente principal de su legitimidad política y social.
Ahora bien, ¿cuanto queda de tal proyecto, después de la neo-liberalización acelerada de algunos de los principales bastiones de la socialdemocracia europea? ¿Sus sucesivas capitulaciones frente a las exigencias desreguladoras, privatizadoras y desnacionalizadoras del gran capital transnacional en países como España, Gran Bretaña y Francia, representan sólo fracasos y retrocesos graves pero sólo provisorios, o también el fin de su ciclo de desarrollo histórico?
Lo menos que puede decirse en todo caso es que los viejos “paradigmas” (marxista-leninistas y socialdemócratas) de la izquierda internacional han sufrido reveses colosales durante las últimas décadas y que evidencian un real agotamiento. El proyecto de izquierda requiere pues de una auténtica refundación, que asuma autocriticamente su historia, sus victorias y sus fracasos, y que busque efectivamente construir una nueva capacidad de comprensión y de práctica histórica en función de las realidades de hoy y de mañana.
VI] La agravación de los desequilibrios eco-sistémicos y medioambientales.
Es fácil constatar en efecto la tendencia crecientemente depredatoria (de la naturaleza y del medio ambiente) que caracteriza la dinámica socioeconómica en curso. El modelo de desarrollo capitalista dominante (productivista/ industrialista), basado en el crecimiento ilimitado de las fuerzas productivas, no podía menos que romper los delicados equilibrios eco-sistémicos del planeta y arruinar poco a poco el medio ambiente natural y socio-económico de los asentamientos humanos.
Este deterioro, que fue progresivo desde al menos los inicios de la revolución industrial hasta la segunda guerra [20], ha experimentado una notable aceleración durante las últimas tres o cuatro décadas [21]. La universalización de dicho modelo de desarrollo, la generalización e intensificación del intercambio mercantil (políticas neo-liberales mediante….), la revolución científico-tecnológica en marcha, la mundialización de los procesos económicos, etc., explican en gran medida este fenómeno. La reciente Conferencia de Río hizo un balance dramático del estado de la situación ambiental del planeta y formuló exigencias morales y reglamentarias a todos los pueblos y gobiernos de la tierra, pero los duros hechos muestran que la depredación/degradación continúan. El caso chileno es un elocuente botón de muestra…
VII] La extensión/generalización de una democracia formal y restringida.
No dejan de tener razón aquellos autores (F. Fukuyama [1992]) que sostienen que la democracia liberal y la economía de mercado no han cesado de extenderse durante los últimos cien años [22], hasta ocupar hoy – sobre todo después del derrumbe de las dictaduras de tipo soviético –, una posición absolutamente hegemónica a escala internacional. Pero junto a tal proceso de extensión de la democracia liberal – y del consiguiente retroceso de las modalidades extremas o clásicas de totalitarismo – puede constatarse igualmente que ésta tiende simultáneamente a asumir un carácter eminentemente formal [23] y crecientemente restringido.
Estas tendencias parecen derivarse de dos factores vinculados a los procesos globales señalados antes. El primero de ellos es su fuerte inter-relación con la economía de mercado, y en definitiva su subordinación cada vez más neta a la lógica de esta última. Es decir, la lógica del mercado opera en el sentido de asegurar el establecimiento de democracias restringidas, autolimitadas, incapaces de poner en cuestión el poder dirigente de los verdaderos « héroes » o sujetos históricos modernos: los grandes empresarios. Las democracias liberales deben ser pues coherentes, en primer lugar, con la propia economía de mercado y con sus principales expresiones de clase.
En los países centrales y periféricos, la preponderancia del mercado y la intervención creciente del dinero y de las grandes empresas en la política ha tenido en la última década al menos dos expresiones básicas: aumento o generalización de los casos de corrupción del personal político (Francia, España, Italia, Japón, en particular, entre los países industrializados), y, lo que nos parece todavía más decisivo en este sentido, un control cada vez más importante de los medios de comunicación por parte de los grandes grupos financieros (N. Chomsky [1992]).
Esto último hace posible las formas más grotescas de manipulación. En EE.UU esta relación entre grandes empresas y política es orgánica y, por decirlo así, « institucional » [24]. En ese país, en efecto, puede concebirse la democracia como “un sistema de control empresarial de las instituciones políticas”, y su estructura o situación en la materia aparece cada vez más claramente como «modelo» para las restantes democracias liberales del mundo[25].
El segundo factor que parece explicar el carácter restringido o el debilitamiento de la vida democrática está referido a los procesos de tecnocratización de las actividades sociales ya indicados, así como a la emergencia y desarrollo de poderosos grupos o sectores tecno-burocráticos, tanto en el mundo industrializado como periférico o semi-periférico. La esfera política, en efecto, al crecer en complejidad y « tecnicidad », escapa progresivamente al control de los ciudadanos en beneficio de « expertos », « especialistas » o tecno-burócratas (E. Morin [1993]).
Los aspectos o problemas técnicos de la actividad socio-política son muchas veces exagerados, acentuados o manipulados por la tecno-burocracia, al mismo tiempo que la conciencia ciudadana tiende al parecer a retroceder (como consecuencia, entre otros factores, del conformismo inducido en general por los sistemas educacionales y a la manipulación [26] sistemática y creciente de los medios de comunicación), o en el mejor de los casos progresa lentamente [27]. La restricción de la democracia es por lo demás el punto de vista adoptado por la Comisión Trilateral en 1975 al problematizar la «gobernabilidad de las democracias», al subrayar sus dañinos «excesos», y al destacar la necesidad de una efectiva “moderación” en su ejercicio (Cf. N. Chomsky [1992]).
VIII.- La crisis del modelo clásico de “modernidad” y la impasse postmoderna.
El período actual, entendido entonces como una transición hacia una modalidad diferente de desarrollo capitalista, pone también en evidencia un “resquebrajamiento” severo del ethos cultural en el que se ha movido la sociedad occidental durante al menos los últimos dos siglos. Desde la segunda guerra mundial, en efecto, es patente la crisis de la modernidad en tanto que meta-proyecto ideológico y cultural. Fundada en una razón que ha mostrado y que muestra todos los días sus límites como garante del progreso humano y social, la “modernidad”, tanto en sus versiones de derecha o de izquierda, ya no moviliza los espíritus en las sociedades capitalistas desarrolladas.
En la periferia (América Latina, en particular), en cambio, tiende a ser utilizado por las clases dominantes para camuflar o legitimar ideológicamente los procesos de mercantilización. Como lo escuchamos en Chile todos los días, modernización equivale a privatización, desregulación y desreglamentación. Es decir, modernización es aquí sinónimo, no de auto-emancipación individual y colectiva de un sujeto razonante, sino simplemente de mercado. Lo cual, obviamente, es una tergiversación más que abusiva de su sentido fundamental.
El discurso postmoderno, especialmente en su versión más conservadora (como crítica nihilista de la razón; como prioridad absoluta al “aquí” y al “ahora”, así como también a lo superficial y efímero; como rechazo de los llamados “meta-relatos”, es decir, de utopías o proyectos histórico-culturales emancipadores; etc.), aparece en este contexto simultáneamente – tanto en los países centrales como periféricos – como una expresión de dicha crisis del proyecto modernista, como un proyecto de lógica cultural alternativa, y sobre todo como una impasse. Es decir, como proyecto, discurso o actitud identificables con lo que tiende a ser la dinámica cultural de las nuevas formas del desarrollo capitalista.
LA DINAMICA GLOBAL
El viraje histórico aludido, determinado por la convergencia de los mencionados procesos o macro tendencias en curso, apunta en efecto hacia una nueva etapa del desarrollo capitalista. Esta nueva etapa será probablemente al menos tan caótica, conflictiva y polarizante que la precedente. Resumamos algunos elementos básicos de la dinámica global que, dadas las tendencias actualmente en desarrollo, tienden a nuestro entender a diseñarse:
1] Un crecimiento extraordinario, aunque desigual y focalizado, de las fuerzas o capacidades productivas a escala mundial – apoyado en el nuevo rol de la ciencia y del conocimiento –, proceso que beneficiará o seguirá beneficiando muy probablemente sólo a sectores minoritarios de la población mundial;
2] Una agravación de contradicciones y conflictos de todo orden. En el contexto de fondo de la gran contradicción en desarrollo entre el Norte y el Sur del planeta, tenderán en efecto a acentuarse los actuales desequilibrios – y, en consecuencia, las luchas y conflictos – socio-económicos, políticos, étnicos, culturales y ecológico-ambientales; y paralelamente, tenderán seguramente a reforzarse las actuales dinámicas fuertemente alienantes y deshumanizantes, basadas en la extensión y profundización de las prácticas mercantilistas, consumistas, individualistas y nihilistas en sectores sociales crecientes del mundo occidental y más allá… ;
3] La nueva etapa histórica en la que la humanidad comienza a entrar está y estará, en suma, más marcada por una tendencia global a la regresión social, política y cultural, que por una real tendencia al progreso (excepto para pequeñas minorías — esto es, para menos de un quinto de la población mundial — y en el plano estrictamente tecno-material). De ahí que la construcción o re-construcción de un nuevo proyecto y movimiento emancipador no sólo está “a la orden del día”, sino que representa una necesidad urgente e imperiosa para todas las fuerzas y clases subalternas del planeta. Sólo su constitución, desarrollo y fortalecimiento, junto a la acción de otras fuerzas progresistas que operen en la misma dirección, podría aún permitir a mediano plazo revertir dichas tendencias en curso.
Concepción, Agosto de 1999
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NOTAS
[1] Este trabajo forma parte de los resultados preliminares de la Investigación financiada por el Fondecyt (Proyecto N° 1990383) sobre “Trabajo temporero, flexibilidad laboral y productividad en la empresa subcontratista de la VIII Región. Un estudio sobre los rezagos en la modernización socio-económica de la actividad forestal”.
[2] Cf. M.Beaud [1994].
[3] Agradecemos los valiosos comentarios, críticas y sugerencias formulados por numerosos amigos a una versión preliminar de este texto.
[4] Cf. J. Robin [1992], M.Castells [1991], [1992]; J. Lojkine [1992]; G.Lafay, C.Herzog [1989]; A. Toffler [1990]; B. Coriat [1990].
[5] K. Kosik [1994] ubica los comienzos de este « entrecruzamiento » estratégico entre economía, ciencia y técnica en las primeras décadas de este siglo. Pero es indudable que ese proceso se consolida e intensifica a partir de la segunda guerra y del auge fordista. El mismo Kosik [1994:36] describe este proceso en los términos siguientes: « Tres ámbitos de la realidad humana, que tradicionalmente existen de un modo independiente (la economía, la técnica y la ciencia), se entrecruzan en una formación simbiótica que, junto con la masificación, se convierte en el fenómeno determinante de la época moderna. Este entrecruzamiento se realiza como un crecimiento ilimitado, como la superación de todos los límites, como una inmensa intensificación y un inmenso incremento ».
[6] Al respecto, cf. en particular M. Castells [1991]. Para un examen crítico del rol de la ciencia y de la técnica en tanto que fuerza productiva, cf. en especial B. Coriat [1976].
[7] Cf. en particular J. Lojkine [1992]; F. Guattari [1994].
[8] Al respecto, cf. en particular E. Morin [1990], [1991], [1993]; M. G. de la Huerta [1990]; H. Marcuse [1990]; J. Habermas [1973], [1985]. Se recordará que, después de M. Weber, la Escuela de Frankfurt y su Teoría Crítica han estado en la vanguardia del tratamiento de esta problemática.
[9] Para un mayor desarrollo, cf. M.Beaud [1994]. Sobre la importancia de la finanza en el ámbito internacional, cf. en particular G. Lafay y C.Herzog [1989].
[10] El “modelo chileno” es en este sentido más caricatural que paradigmático: la diferencia es en efecto considerable entre la aplicación de las orientaciones neoliberales en este país y, por ejemplo, en cualquier país europeo.
[11] Cf. C.A. Michalet [1985]; S. Amin [1991], [1992].
[12] Ver al respecto E. Morin [1993]. [13] Al respecto, cf. en particular CEPII [1992].
[14] Dado lo cual la política « realista » de « bajar los brazos y acomodarse lo mejor posible » (a la nueva realidad mundial), que se refleja en las más diversas formas de pragmatismo, no tiene en realidad ninguna base teórica sólida…
[15] Cf. J.-C. Rufin [1991]; Commissariat Général du Plan [1993].
[16] Al respecto, cf. en particular D.Leborgne y A. Lipietz [1992].
[17] Para un mayor desarrollo, cf. J.-C. Rufin [1991] y Commissariat du Plan [1993].
[18] Ideología marxista-leninista que no debe confundirse con investigaciones de inspiración marxista que, en diferentes planos (sociología, antropología, historiografía, economía, etc.), han implicado a mi entender auténticos aportes al desarrollo del conocimiento científico. Acerca del marxismo entendido como “programa de investigación”, cf. en particular L. Paramio [1993].
[19] A respecto, cf. en particular los decisivos aportes de Ch. Bettelheim [1974-1983] y B. Chavance [1980].
[20] Sobre la historia del conflicto hombre-naturaleza, cf. en particular J.-P. Deléage [1991] y E. Drewermann [1993].
[21] Sobre el estado de la situación ambiental del mundo, véase el excelente informe anual State of de World dirigido por L. Brown [1993].
[22] F. Fukuyama [1992: 72] subraya en efecto que « el crecimiento de la democracia liberal y del liberalismo económico que lo acompaña ha sido el fenómeno macropolítico más notable de los cien últimos años ». Para un examen crítico del trabajo de Fukuyama, cf. C. Castoriadis y otros [1992].
[23] El propio F. Fukuyama [1992: 68-69] reconoce utilizar una definición « estrictamente formal » de la democracia cuando él determina cuales son los países democráticos, asumiendo igualmente que « la democracia formal sola no garantiza siempre una participación y derechos iguales. Los procedimientos democráticos pueden ser manipulados por las élites y no reflejan siempre con exactitud la voluntad o los verdaderos intereses del pueblo ».
[24] N. Chomsky [1992: 27] subraya en efecto que « de acuerdo con los conceptos prevalecientes en EEUU, no existe violación de la democracia si unas pocas grandes empresas controlan el sistema de información; de hecho, esa es la esencia de la democracia ».
[25] Respecto al « modelo democrático » norteamericano, cf. en particular N. Chomsky [1992]. [26] Sobre modalidades y experiencias de manipulación, cf. en particular N. Chomsky [1992] [27] Sobre estos diversos aspectos, cf. en particular N. Bobbio [1992] y N. Chomsky [1992].
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